23 de diciembre de 2008

desmantelando mentiras históricas (e histéricas)




Ayer noche estuve en la presentación del libro Murcia por una mitra, del doctor en Historia y ex director del Museo Nacional de Arqueología Submarina, que él consiguió para esta ciudad –cesado del puesto por una estulta ministra de Cultura-, Iván Negueruela, que ha editado Áglaya.

Llenazo de aforo y es que no era para menos. Si bien fuimos atraídos por el contenido del libro, algunos, además, porque gozamos de la amistad de Iván; pero lo cierto es que no se trataba tanto de arroparlo a él, que no lo necesita para nada pues méritos propios no le faltan, como por la rigurosidad documental con la que escribe siempre sobre la Historia de Cartagena, devolviéndonos mucha de la dignidad que nos han quitado los cuentacuentos al servicio del poder de la oligarquía capitalina murciana. Los cartageneros conocemos nuestra Historia, pero siempre se nos han escamoteado los documentos que hablan de ella. Y ha tenido que venir a afincarse entre nosotros un vallisoletano como Iván – hoy más cartagenerista que muchos cartageneros- para que se vaya haciendo la luz con su incansable trabajo -en este caso hasta en el Archivo vaticano- para desenmascarar las mentiras de la Historia oficialista murciana que durante siglos, aún hoy, tanto han perjudicado sin medida a esta ciudad.

Durante esos siglos, y arreciando sus despropósitos en estas tres últimas décadas los seudo historiadores “regionalistas”, que viven a la sombra de los políticos “murcianizantes” -me río yo de la tan criticada en Murcia inmersión “catalanizante” si las comparo y veo los antecedentes históricos, aunque aborrezca ambas por excluyentes-, mantuvieron la tesis de que en la época musulmana Cartagena sólo había sido “una aldea de pescadores”, y a nuestra Edad Media la dieron por llamar “la Edad Oscura” (“repite una mentira mil veces y acabará convirtiéndose en verdad”), algo inconcebible en uno de los puertos más importantes del Mediterráneo y de una ciudad que había sido capital de la Hispania cartaginesa, de la Carthaginense romana y de la provincia occidental del Imperio bizantino. Que los visigodos, Suintila a la cabeza, nos asolaran y nos robaran la mitra metropolitana a favor de Toledo, capital de su reino, no significaba que esta ciudad hubiera desaparecido del mapa en los siglos subsiguientes. Iván, tras un arduo estudio del Castillo de la Concepción –siempre datado como cristiano tras la Reconquista-, nos regaló un libro impagable: Qartayanna al-Halfa (propuestas sobre la Alcazaba y su pasado musulmán). Con él, y habiendo bebido de las fuentes islámicas de esa época (Al-Idrisí, Abd-Allah (último rey zirí de Granada), la Crónica del moro Rasis, …), además de en los posteriores estudios contemporáneos (Munuera, Pocklington, Ramallo, Torres Fontes,…), desmontaba esa falacia de la “aldea” para concluir que un lugar con tales defensas, tuvo que albergar una madina o gran ciudad mora, con su cadí (como lo fue el padre del poeta musulmán cartagenero Hazim al-Qartayanní, que de eso éste mismo dejó constancia).

Con Murcia por una mitra -que me recuerda aquello de “París bien vale una misa” de Enrique IV, que no tuvo empacho en abjurar de su protestantismo para ocupar el trono francés- Negueruela nos demuestra la falta de escrúpulos e inmoralidad de quien detenta el poder para llegar hasta falsificar la Historia, empezando por sus documentos, como hicieran el rey Sancho IV y el obispo Diego Magaz en 1291, con una falsa bula papal del pontífice Nicolás IV, para obrar a su antojo y aunque conculque hasta hoy mismo el Derecho Canónico que obliga a los obispos a residir en su Silla episcopal.

Algunos se dirán que qué más da que un obispo resida aquí o allá, pero no es ese el trasfondo real, sino las consecuencias: la codicia de quienes en más de 700 años siguen manteniendo la mentira para continuar gobernando, robándole sus derechos a quienes les corresponden. Y es que si la tal bula nunca autorizó el traslado, no es menos cierto que la presencia del obispo en Murcia le daba a ésta una primacía sobre Cartagena a nivel político y económico que hasta el día de hoy sigue vigente, y a pesar de que la Diócesis nunca cambiara su nombre, siendo siempre la Carthaginensis in Hispania. No hay que olvidar el poder que la Iglesia ejercía y su influencia en la res pública. Así, Cartagena dejó de percibir los diezmos que le correspondían, empobreciéndola, y que empezaron a beneficiar a Murcia, y con ello se vio abocada a un segundo plano, como una Cenicienta pisoteada por su madrastra, cuando en realidad esta ciudad episcopal ostenta el título de Cartaginesis Almae Eclesiae, como reza el lema diocesano en el escudo de su restauración en 1250.

La residencia permanente del obispo en Murcia nos ha robado todos los derechos históricos desde el siglo XIII. Sólo un amago de liberación de ese yugo nos vino cuando Isabel la Católica, en 1504, hizo a Cartagena Ciudad de Realengo, dependiente sólo de la Corona de Castilla, permutándoles el Señorío de la ciudad a los Adelantados murcianos del Reino, los Fajardo-Chacón, por el marquesado de los Vélez… Pero el obispo no regresó, lo que no invirtió los papeles otra vez a su estado natural, y así Murcia presume hoy de un patrimonio religioso que no es suyo, sino de la Diócesis cartagenera, y que ha tenido consecuencias nefastas para esta ciudad, tanto patrimonial como políticamente. Desde el desprecio del ministro murciano conde de Floridablanca rechazando que los diputados provinciales cartageneros acudieran a las cortes de Cádiz de 1812 –porque Cartagena fue constituida provincia en 1799 por Carlos IV-, la posterior promulgación de la provincia de Murcia, en 1833, por el ministro de Fernando VII Javier de Burgos, y hasta la declaración de la Comunidad Autonómica de la Región de Murcia, en el actual Estado de las Autonomías. Y es que tener viviendo entre ellos al obispo, aunque no les corresponda ni les pertenezca, les confiere un estatus superior, aunque sea usurpado a sus legítimos dueños.

Sin embargo, y aunque la ciudad de Murcia ostente la capitalidad regional “contra natura” por no decir contra el sentido común, la Asamblea Regional estatutariamente se ubicó en Cartagena, porque los políticos murcianos que solicitaron la pre-autonomía en 1978 lo hicieron basándose en la Historia de Cartagena y en la importancia secular de nuestro Puerto (ver el Real Decreto-Ley 30/1978 publicado por la Jefatura del Estado en BOE n. 242 de 10/10/1978), tal y como la Constitución ordenaba en sus artículos 143 y 147, en cuyo artículo 2º, apartado a. dice que la Comunidad deberá contener en su Estatuto la denominación que mejor corresponda a su identidad histórica, y esa identidad la daba Cartagena y su pasado casi trimilenario y no una ciudad de Murcia fundada en el siglo IX.

Así pues, seguimos viendo como pese a pedir la autonomía sobre la base de la Historia cartagenera, se sigue incumpliendo -por la ambición de una oligarquía metida en política- hasta la Ley de Leyes, la Constitución, robándonos hasta el legitimo nombre regional.

Si ha colado durante ocho siglos la mentira sobre el verdadero motivo del traslado del Obispo a Murcia, por qué no van a seguir conculcando las leyes hasta el punto de reducir el nombre de la región, a Región de Murcia, haciendo que se confunda la parte (la ciudad) con el todo (la Comunidad Autónoma) llamando a todo lo regional “murciano”.

Y lo malo es que cuando les demuestras con rigor documental la verdad, pasan de la falacia histórica que se han inventado a la actitud histérica del insulto y la descalificación. Han repetido tantas veces sus mentiras que para ellos son ya la única verdad. Pero hay que darle las gracias a Iván por darnos argumentos -tan pulcra, exhaustiva y eficientemente documentados- que ninguna patraña puede desmentir… pese a esas histerias.

© P.F.Roldán

Tomás Luis de Victoria:Tenebrae Factae Sunt

cuando uno se siente gris...


Hoy ha sido un día extrañamente triste. No había ningún motivo aparente para levantarse con el pie izquierdo, al menos de manera consciente, pero así ha sido por más que me he empeñado en buscar y encontrar un porqué sin conseguirlo.

Me he negado a pensar que es a causa de las fechas en las que estamos, ante la inminente Navidad, que siempre –aunque rechacemos de plano las sensiblerías- nos pueden jugar la mala pasada de pasar por nuestra cabeza, como una fugaz a la vez que intensa película, todo lo que añoramos en lo más recóndito de nuestro interior.

Me he negado a pensar en eso porque no soy de los que se detienen en tiempos pasados, que nunca fueron ni serán mejores o peores que éste, porque cada día es nuevo y lo hace todo distinto aunque pueda parecer una continuidad de ayer y de anteayer…; me he negado porque aquellos a quienes quise y están muertos siguen vivos en mi corazón; porque los vivos que enterré, desterrándolos de ese mismo corazón, están muertos en mi olvido.

He salido a primera hora a tomar unas fotos y a comprar tabaco –que inconstante o necio me vuelvo para dejar de una vez la nicotina, por mucho que haga el propósito y aunque sepa que me acabará haciendo daño-; he vuelto después a salir simplemente a pasear un rato, a ver si este tonto nubarrón se alejaba tal y como ha venido, y casi por todas partes llegaban las voces de los niños de san Idelfonso cantando las últimas bolas del sorteo de lotería navideño, desbaratando a la vez las ilusiones de quienes tenían puestas sus esperanzas en unos números para paliar sus maltrechas economías; he regresado a casa sin apetito –mi cuerpo está algo anárquico estos días con los horarios de comidas y las horas de sueño- y me he dedicado a esas tareas domésticas que siempre se aplazan –el polvo sobre los innumerable libros, ese suéter de lana que hay que lavar a mano, los altillos de los armarios…-; he comido casi a las 6 de la tarde, y ya me he puesto a contestar correos, aunque no he mandado ninguna felicitación de prósperos años nuevos a nadie… No estaba de humor, y además cuanto más lo pienso más absurdo me parece. ¿En qué se diferencia un 3 de enero de un 29 de diciembre aunque tengamos que comprar agenda o calendario nuevos? La prosperidad se la labra uno a diario, no viene sola porque cambien los dígitos del año y a la gente que quieres le deseas lo mejor cada día.

Y de repente entras tú en el messenger y he aparcado esto. También estabas triste y, sin embargo, a los diez minutos ya estábamos a carcajadas entre iconos… Qué sana es la risa, y sobre todo entre amigos que dejan que se disparaten las lenguas y los dedos en el teclado. Todavía estoy riéndome…

Ahora, después de cerrar la ventana de conversación, no sé cómo estarás. Espero que bien. Yo pensando que sólo ha sido un día bobo sin más y que no pasa nada por no estar exultante, ni siquiera medianamente contento. Que, como comentábamos, es bueno bajar un poco de vez en cuando para valorar el estar más arriba y que darle vueltas a las cosas sólo lleva a enredarse más y más, sobre todo cuando son jugarretas del subconsciente y no está en nuestras manos ni entendederas ponerles solución, porque no son reales en sí mismas. Que la melancolía, la tristeza, la nostalgia… también son estados naturales en cada ser humano y que lo único importante es no quedarse estancado en ellas.

Sólo ha sido un día nublado dentro de uno mismo y, sabiendo que mañana volverá a salir el sol, confiar en que sea el pie derecho el primero en salir de la cama… y que nuestras neuronas no se dejen arrastrar a nuevas pesadumbres sin sentido cuando hay tanto por hacer más positivo que tratar de batallar con todos esos instantes grises que, sin fundamento, no conducen a ninguna parte.

© P.F.Roldán

Facto Delafé y Las Flores Azules:La luz de la mañana

22 de diciembre de 2008

el pico esquina


En Cartagena a las esquinas no se las llama tales, sino un pico esquina. Así, cuando se cita alguien lo hace en tal o cual pico esquina, y en la mayoría de las ocasiones ni siquiera se nombra la calle sino el nombre del edificio, organismo o comercio que haya en ella. Por eso, es habitual oír por acá “nos vemos en el pico esquina de Hacienda, o en el de Correos”.

Es la nuestra un habla peculiar, llena de modismos locales, que nuestro admirado Isidoro Valverde, y para muchos querido y apreciado amigo, dejó plasmada en uno de sus libros, “Cartagena entrañable”, –uno de los muchos que escribió, pues fue literato incansable y apasionado sobre “nuestras cosas”, además de coronel jurídico de la Armada y Cronista de la Ciudad-. http://www.comarcacartagena.com/el%20habla%20de%20cartagena.htm
(En esta web podéis encontrar muchas de esas palabras en un extracto del libro citado.)

Un pico esquina como el del Taibilla (edificio de la Mancomunidad de los Canales del Taibilla, en la confluencia de las calles Mayor y Cañón con la plaza del Ayuntamiento) es de merecida mención pues por aquí discurren, o pueden verse, todos los eventos más populares de Cartagena: los pregones desde el balcón principal del Palacio Consistorial, las procesiones de Semana Santa (esquina privilegiada para verlas girar por la calle del Aire y bajar, con una perspectiva magnífica, la rectilínea cuesta del Cañón), los desfiles de Carnaval, de las tropas y legiones de las fiestas de Cartagineses y Romanos, la cabalgata de Reyes, los pasacalles de los domingos de cuaresma de granaderos y “judíos” de las Cofradías “semanasanteras”, la salida de las ofrendas florales a La Caridad, el viernes de Dolores, o cualquier otro acontecimiento callejero de envergadura como fue hace unos meses, por ejemplo, La perle, de Les Plasticiens Volants, siendo como es la calle Mayor paso obligado en los itinerarios.

Pero si hubo una cabalgata entrañable y secular, y suprimida hace poco más de década y media, fue las de La quema de Judas, acto que se celebraba en la noche del Domingo de Resurrección y en el que se quemaba la figura de cartón de Judas para poner fin a la Cuaresma y a la Semana Santa. Dicha figura cerraba el desfile de siete magníficas carrozas que representaban los siete pecados capitales, que junto a los gigantes y cabezudos portadores de bengalas multicolores, desfilaban por la ciudad hasta la plaza de los Héroes de Cavite, en el Puerto, donde se quemaba “al” Judas mientras se disparaba un castillo de fuegos artificiales.

El evento resistió las dos primeras décadas de la dictadura franquista, pese a su carácter profano y carnavalero en una España que había visto prohibidas muchas de estas celebraciones, como los Carnavales. Y también, finalmente, eso ocurrió a fines de los cincuenta con la Quema, que al final fue suprimida sin que volviera a recuperarse el desfile hasta 1989, y sólo por tres años. En 1992 dejó de salir a la calle definitivamente.

Tuve la suerte y la desgracia –tener cierta edad nos da estas cosas- de verla cuando ya daba sus coletazos antes de su supresión, de la que se dice que tuvieron que ver en ella los procesionistas de cierta prosapia y afines al Régimen que veían con malos ojos que la Semana Santa tuviera como colofón un acto que consideraban grotesco y poco acorde con las procesiones, pero que, para el pueblo que salía masivamente a la calle a contemplarlo, era motivo de fiesta grande en una ciudad entonces plagada de sotanas y la parafernalia de viáticos por las calles, y uniformes que paralizaban a todos los ciudadanos a cada izada y arriada de la bandera en sus cuarteles, y con muy pocas diversiones.

Tengo grabada en esa parte más atávica de la memoria que nos evoca recuerdos de la infancia más remota cómo me asustaban los gigantes y cabezudos, especialmente estos con aquellas enormes cocorotas de cartón piedra de semblantes que me parecían terroríficos, y sobre todo, llorando a moco tendido en brazos de mi padre -yo solo tenía 4 años-, el espectáculo pirotécnico final en el que las cañas y carcasas de los cohetes caían indiscriminadamente, a cada explosión, sobre el público que abarrotaba la plaza del Ayuntamiento si la brisa soplaba de lebeche.

Pesaombre, maica, gumia, falluto, chuchurrío, gilillero, abonico, icue,… Vocabulario que conforma parte de la identidad cartagenera, entre otras muchas cosas, como aquellas fiestas que nos escatimaron un día pero que permanecen en la memoria colectiva de muchos: la Quema del Judas; la Feria de Cartagena en el muelle, los diez días entre el Carmen y Santiago, que eran las fiestas de la ciudad, con las batallas de Flores o la Velada Marítima (desfile náutico de carrozas sobre barcazas por la bahía, la noche del 25 de julio); los Juegos Carthaginenses de atletismo; los Caballitos, con su noria, carrusel, coches de choque, el tren de la bruja, los tiros al blanco…

Muchas historias, anécdotas y recuerdos de esta trimilenaria Cartagena; pero un día quedamos en el pico esquina del bar Sol, qué sabrosos sus asiáticos, o en el de La Viña, mientras bebemos unas láguenas o unos reparos, y te las cuento.

© P.F.Roldán

Cartagena (Viernes Santo 1927): Marcha - Nuestro Padre Jesús

18 de diciembre de 2008

"no estás deprimido, estás distraído..."


Guardo un recorte de prensa de El País (28.07.1992), sobre un informe de la UE, desde Bruselas, -y del que copio tres párrafos más abajo- en el que se dice que la depresión afectaba ya entonces a varios millones de europeos.
Dieciséis años y medio después no sólo me parece de absoluta vigencia, sino que, además, el deterioro de las relaciones personales, que se subestimaba en aquel tiempo para diagnosticar muchos casos de depresión –según dicho artículo-, ha ido a más, agravándose las consecuencias, y habiendo aparecido otros factores en estos años que también son causa de una enfermedad que nos negamos a reconocer la mayoría de las veces como tal. Y es que para muchos aún sigue siendo un tabú lo de ir al psicólogo o al psiquiatra, y hasta se oye aquello de “oye, que yo no estoy loco…”

“El campo relacional, que se define como el conjunto de intercambios que un sujeto mantiene con el exterior, concierne no sólo a las personas más cercanas, sino también a los objetos y los “códigos” de la vida social tales como la comunicación (…) En la depresión, el repliegue sobre sí mismo es un signo bien conocido de la enfermedad. La inapetencia por las relaciones que le sucede, se traduce por un desinterés global por las personas, por los focos de interés habitual y por la vida social.”
“La inapetencia relacional hacia los seres humanos se traduce por tristeza, irritabilidad y disminución de la actividad sexual. La fatiga, el enlentecimiento físico y psíquico reflejan las dificultades que tiene el deprimido para establecer una relación con su entorno (…) El paciente se vuelve incapaz de manejar los instrumentos indispensables para el intercambio: el lenguaje, por ejemplo. Deja de comer –o lo hace de forma anárquica-, pierde el sueño –o duerme demasiado- y deja de atenderse a sí mismo en los cuidados cotidianos.”
“El desarrollo de los grandes centros urbanos, que ha hecho desaparecer figuras fundamentales para la comunicación, así como la disgregación familiar y la distensión de la red social, son en parte responsables del aumento de la frecuencia de las depresiones. Los expertos se preguntan, por ello, acerca del papel que está jugando el aislamiento en la génesis de la depresión.”


A punto de comenzar el 2009, se han empobrecido más no sólo las relaciones personales, algo que sigue siendo clave en los estados depresivos, incluso con el trato de los más allegados a quienes los padecen -porque, desde fuera, muchos ven a los deprimidos como hipocondríacos, enfermos imaginarios que simplemente se han dejado caer en la desidia, inventándose males que no conciben los “biempensantes”-, sino que la sociedad ha cambiado sus valores para mal haciendo del “tanto tienes, tanto vales” el lema a seguir aborregadamente. Porque si eso viene ya de lejos, nunca como ahora se hace más patente inmersos como estamos en una voraz sociedad de consumo. Y si a las personas más próximas les resulta muy difícil comprender a menudo esta incapacidad que tiene el deprimido para interesarse por algo en particular y esta incomprensión no hace más que potenciar el aislamiento del enfermo, será éste quien deba remediarlo.


Hoy la mayoría de gente ya no trabaja para vivir, sino que vive para trabajar. Nos aterrorizan la muerte, la soledad, la pobreza, la pérdida de seres amados... Si tienes menos que el vecino eso es causa de frustraciones. De cada vez se cree menos en principios como la fidelidad o la lealtad, y todo vale si es para autosatisfacernos, pasando por encima de quien sea, aunque se haga daño. En los trabajos se acosa cada día más y de diversas maneras, sea para aumentar la productividad que enriquece sólo a unos pocos, sea para quitarse de encima a quienes levantan un poco la voz cuando se sienten avasallados o explotados... Y se huye, como si de apestados se tratara, de aquellos que tienen problemas de cualquier índole, sumiéndoles aún más en la tristeza al no poder confiarse a nadie, porque es más cómodo ignorar que escuchar y echar un capote aunque sólo sea con una parte de nuestro tiempo que tanto desperdiciamos en estupideces. La sociedad, generalizando pero en gran medida, se ha vuelto sumamente egoísta.

Pero nada es irresoluble. Si resulta recomendable ir a un especialista a que diagnostique, no lo es tanto que la solución nos venga dada en forma de cápsulas o grageas; de largos tratamientos que enmascaran los síntomas con euforias efímeras pero no van a la raíz del problema, convirtiendo a muchos en dependientes de sustancias farmacológicas para sentirse mejor.

El remedio está dentro de nosotros mismos una vez conocido el origen de esa melancolía que parece quitarle sentido a todo. Está en aprender a quererse, asumirse, valorarse, recuperar la autoestima… y parece fácil decirlo, pero lo que es fácil es hacerlo si sabemos cómo y, ante todo, queremos salir del pozo. Y lo principal es empezar por dejarse de mirar el ombligo y ver todo lo que nos rodea, porque hay más bueno que malo en torno nuestro, pero la depresión genera una ceguera llena de autocompasión que nos disculpa de nuestra apatía y de un victimismo que culpa a los demás, al exterior…

He encontrado en Youtube un poema del cantautor Facundo Cabral que lo expresa muy bien y no es un placebo. Os lo incluyo –en su voz- en el enlace de abajo. Es sólo la manera más eficaz de combatir esos estados que nos anulan hasta extremos lamentables. Sólo se requiere que el deprimido quiera verdadera y contundentemente salir de su depresión en vez de abandonarse a ella porque le sea más sencillo no hacer nada por sí mismo, esperando un santo advenimiento que le sane, pero que, dadas las actuales reglas del juego social, no llegará casi nunca, por no decir nunca.

A mí me sirvió salir de la espiral hace algunos años y ni conocía esos versos, que cuánto me habrían hecho recapacitar en el principio de lo que solucioné por pura intuición, cuando estaba llegando a extremos que parecían irreversibles. Dentro, en el centro de esa espiral se estaba aparentemente tranquilo, aunque fatal en realidad. Pero era mi espiral y, por tanto, desde dentro sólo yo tenía el camino de salida.

Y qué alegría ver la luz de nuevo…

© P.F.Roldán

Facundo Cabral:No estas deprimido estas distraído

16 de diciembre de 2008

entre azules, despierto está el olvido


Bajo el cielo, sobre la tierra, voces muy lejanas que cruzan laberínticos espacios; miradas que, sin verse, se tropiezan. Vuestro silencio más locuaz que todas las palabras contenidas en un diccionario. Susurros de la mar en calma; olas que acarician la arena, la huella de vuestros pies en ella. Coge tu mano. La entrelazas con la suya. El vello que se eriza. Sobre su hombro reposas tu cabeza. Noche estrellada, llueven veloces las perseidas. Un gemido apenas contenido. Cierras los ojos. Buscas sus labios con los tuyos. Los besas. Te desea. Le deseas…


Te despiertas. Ya amanece. Notas una humedad viscosa sobre tu vientre. Aún desconcertado, no atinas a desperezarte. Incómodo, los párpados todavía entumecidos y cegados por la luz del alba y el azul violáceo de la paredes. Oyes la sirena de los astilleros. Algo te hiere. Es esa consciencia de haberle soñado y saberlo ausente. Te adelantaste a los dos relojes. Suenan ahora las alarmas. Las apagas. Son las siete. Necesitas ducharte y tu habitual café con leche, pero, pese a todo, algo te retiene. Ni ese humor que ahora, frío, se licua en tu pubis, ni el zureo de las palomas que cada mañana se atreven a invadir tu pequeño jardín, te impelen a saltar de la cama. Permaneces inerte.

Quisieras cerrar de nuevo los ojos. Retomar el sueño. Volver a tenerle. Azul es todo lo que te envuelve. De azul ultramar las sábanas; las flores del plumbago, que ves tras los cristales, de azul celeste. Le intentas pensar en el gris azulado de sus ojos. Casi consigues entreverle… pero el sueño no regresa por más que te empeñes. Sin quererlo, desistes, pero continúas sin moverte. Las siete y veinte.

A cada minuto se desvanece la irreal alegría soñada. Se hace más cierta la lejanía de su piel hecha ilusoria verdad entre tus manos ahora vacías. Ya adivinas que arrastrarás todo el día la melancolía de haber tenido lo que no tienes. El deseo que, sin haber sido, es tan patente como ese primer rayo de sol que, a través del ventanal, te acaricia en este instante la frente.

Y despiertas del todo al fin. Y, como cada mañana, abandonas la inmensa cama, balsa de náufrago a su suerte en estas largas noches sin su compañía.

El temporizador habrá encendido la calefacción del baño. Afeitarte. Una ducha tibia. El desayuno con tostadas –hoy no sabes si mermelada o con sal y aceite-, un vaso de zumo y café caliente. Camisa blanca; traje azul marino… te vestirás pausadamente. Mientras, como cada día desde hace tres meses, te pondrás a pensar cuándo o cómo fue que os hicisteis daño –“todavía te amo”- para que se alejara de ti –“todo te lo di”- con esa inexplicable indiferencia que, aunque ya no te duele, despierta al olvido cada mañana y no te impide que, entre infinitos azules, cada noche le sueñes…

© P.F.Roldán

Luis Eduardo Aute:De alguna manera

13 de diciembre de 2008

versos de la espera


Te quiero,
siento que te quiero,
y callo para no perderte
y finjo y fingiré,
-hasta que aprendas a amarme-
que no siento lo que siento

Te espero,
sabiendo que no quisieras que te esperara
aunque sin querer lo esperas,
-tan grande es tu duda,
tan enorme tu desconcierto-
para hacerme tuyo,
sin que sepas que ya te siento mío,
porque ya te llevo dentro,
yo, guardián de tus secretos,
cómplice de tus anhelos,
–tú, inalcanzable cielo hoy
al que tiendo mis manos
mientras raudo entras en mi vida–,
descifrando tus recónditos misterios.

Y ya te quiero,
sí, te quiero,
y no supliques que renuncie
porque no me arrepiento,
aunque, sin huir, huyas,
cada día, cada noche,
noqueado por lo inesperado
del sosiego que te ofrezco.
Y, queriéndote, no me duele
la inexistente herida que abriría
el contradictorio vaivén de tus deseos
que sólo habita en tus temores.
Temor que yo no siento.

Y sé que me querrás,
aunque creas hoy difícil quererme,
-qué tópicos los prejuicios,
qué lógicos los miedos-
y que todo es cuestión de tiempo,
sólo tiempo,
para vencer las paradojas,
que como coraza llevas dentro,
para reconocer que hay en mí
la paz que hasta ahora te faltó
y que añoras desde siempre
en el mundo de tus sueños.

Dame tus manos, pues,
para que lea en ellas nuestro destino;
dame tus labios
para poner en ellos el futuro...
pero no hay prisa, amor,
-desde el silencio aguardo-
para que la incertidumbre que aún sientes
por ser yo quien soy
-quien nunca fue esperado-,
se desvanezca en el olvido,
mientras encuentras el camino
que te lleva hasta mis brazos,
a tu país de las hadas,
a tu futuro soñado.

© P.F.Roldán

Jorge Drexler:La Edad del Cielo

11 de diciembre de 2008

mi obsesión por la lectura


Tendría alrededor de diez años cuando mis padres empezaron a esconder libros que no consideraban apropiados para mi edad. Devoraba todo, absolutamente todo lo que caía en mis manos y creo que la culpa la tuvieron en el colegio porque a los nueve años, en el curso de ingreso a bachillerato, ya se nos daba a leer El Quijote. Cada día un capítulo. Aquello, a mí personalmente, me marcó para no dejar ya de amar la lectura.

Me aficioné a leer a cualquier hora. Prefería los libros a los indios y vaqueros de plástico o al tren eléctrico, que me traían los Reyes desde la juguetería San Miguel, Y tanta fue mi obsesión por coger todo lo que estaba a mi alcance, que hasta mi madre, alarmada y sin saber qué hacer porque por aquella época mi padre estaba o embarcado o destinado en la Escuela Naval, de Marín, la preocupada mujer no encontró otro “remedio” que llevarme al psiquiatra porque yo era, para ella, “raro”. Dí negativo a su pesar, madre atribulada.

A veces ni entendía lo que leía, porque lo mismo me cogía a Bertrand Russell, qué humorada a esos años, que a Bernanos. Lo que fuera. De hecho recuerdo que releí, de la colección de premios Nobel, La Risa, el ensayo de Bergson. No tenía aún mucha capacidad de comprensión pero captaba ideas y me gustaba pensar, mientras mis amigos se pasaban las horas en la calle, a la que bajaba muy poco y casi obligado porque no les parecía muy sano aquella filia mía, que hasta los periódicos no se salvaban…

El día que me cogieron leyendo Los cipreses creen en Dios, el primer tocho de la trilogía de Gironella sobre la República, la Guerra Civil y las posguerra casi les da un ataque e hicieron una purga de la biblioteca de mi padre, guardando bajo llave otros libros como el Decamerón, el teatro de Shakespeare, Las mil y una noches… que yo aprovechaba en sus descuidos para sacar y volver a guardar… Iba ya por los trece años y como si apenas podía leer en casa, me pasaba a veces por la de mi abuelo, menos pacato que mis padres y gran lector. Fue cuando empecé a escribir los primeros poemas, que hoy releo y casi no salvo ni tres de lo cursis que eran.

Y cumplí catorce y pedí por Reyes libros, que lógicamente no me compraron, encontrándome en su lugar un Scalestrix al que no hice caso nada más que aquel día y por no hacerles el feo. Mi abuelo, que me regalaba dinero, me aconsejaba libros y yo me iba a Escarabajal o a la desaparecida Isaac Peral, ambas en la calle Mayor, y lo que diera de sí aquel aguinaldo volvía en forma de libros que dejaba en su casa ante el temor de que en la de mis padres fueran a parar con los otros, bajo siete candados. Y por otro lado era un contrasentido por su parte, porque mis padres eran buenos lectores, pero me da que no creían que fuera lo apropiado para aquella edad mía, en la que se suponía que tenía que salir en pandilla, jugar y triscar, algo que sólo consiguieron del todo cuando me compraron mi primera bicicleta… Lo que no imaginaban es que yo me iba con ella al faro de la Curra a leer, porque disimulaba preparando cebos y llevándome la caña de pescar.

Así creció mi afición por la lectura y ya no la he abandonado nunca en los últimos 46 años. Creo tener una mediana y aceptable biblioteca que aún sigue creciendo cada vez que puedo permitirme comprar un libro, porque están por las nubes y casi, aunque sea con retraso, me espero a que impriman las ediciones de bolsillo mucho más baratas; o son bienvenidos como regalo de cumpleaños o Navidad. El caso es leer, pero no a tontas y a locas como en aquellas edades en las que cualquier libro me resultaba atractivo. El tiempo te hace más selectivo, aunque sigo devorando desde los clásicos a las últimas novedades –siempre que éstas no sean fruto de pura mercadotecnia, porque hoy tratan de colarte hasta lo más infumable con una buena promoción que comienza, incluso, antes de que el libro llegue a las tiendas-.

Y como apunte -al hilo o al margen, como se prefiera-. Al recordar antes el ensayo de Henri Bergson, el de La risa, me ha venido a la cabeza todo lo que me río últimamente desde que conversamos… y me vuelve a asomar ahora otra vez releyéndonos porque no es un tópico decir que me parto hablando contigo, y con la tuya. Sobre todo porque el verdadero sentido del humor es el que empieza por la capacidad de saber reírse primero de uno mismo. Que quien se ríe, pero no acepta una broma o un comentario ácido cuando nos las “ponen a huevo”, no se ríe de verdad; sólo se burla de los demás y se ofende por alusiones que sólo son producto de su soberbia.

Tenemos que hablar de tantas cosas y hay tanto tiempo por delante… Poco a poco irán saliendo esas afinidades literarias, o no –que es muy sano no ser tan almas gemelas ¡qué aburrido no poder debatir, comentar y opinar!-, como ya vamos descubriendo la música que nos gusta y que en ocasiones compartimos, o tal vez en otras sea que no. Nunca hay nada preestablecido para esto y enriquece aportarse pareceres. Tampoco hay prisa. El tiempo va descubriendo a su ritmo y mientras tanto la risa nos acerca tanto, o más, como saber cuál es nuestro escritor predilecto.

¿No te partes con la corrosividad de Mafalda y compañía? Jajaja Intuyo que sí. Es parte de nuestra otra “literatura”, aunque seamos forofos de Leavitt o de Follet o de Isabel Allende… y aunque nos prive, al contrario que a la niña madura de Quino, una sopa caliente con este frío que pela.

© P.F.Roldán

Kate Havnevik:Timeless

10 de diciembre de 2008

cae la noche... se hace el color


En un par de horas comenzará el silencio. Para entonces, habré conversado contigo entre decenas de risas, porque tienes el don de hacerme reír con tu sentido del humor, y me pondré a imaginar de nuevo colores en la oscuridad. Me alientas a que lo haga, que no tengo nada que perder, que coja confianza en mí y salte…

Es curioso que siendo tan seguro para tantas y tantas cosas, en lo que se refiere a cuanto hago, -sean mis prosas, sean mis dibujos- tengo desde hace muchos años una barrera hecha de inseguridades que, sin ánimo de justificarla, sé que ya sólo está dentro de mí pero me cuesta traspasarla por no sé que atavismo sin sentido.

Y es que para justificarla tendría un montón de argumentos, pero, si lo pienso, todos acaban, en tiempo presente, cayendo inconsistentes por su propio peso porque pertenecen al pasado; así que de qué sirve seguir aferrándome a ellos, aunque sea inconscientemente. No vale lo de decir que tuve ese dilatado pasado en el que me hicieron dudar de lo que hacía. Unos porque me reprochaban ferozmente su inutilidad, que nunca llegaría a ningún sitio, que perdía miserablemente el tiempo. Otros porque, aun diciendo que les gustaba al mostrárselo, se desinteresaban instantes después, como si les enseñaras un suéter nuevo y no les llegara que les querías transmitir algo, con lo que perdía bastante de su sentido lo que hacía. Y quienes lo miraban con indiferencia porque no les interesaba lo más mínimo que alguien pudiera hacer algo que ellos no harían nunca o porque ni sabían apreciar lo que veían sin detenerse a mirarlo.

Eso desanima a cualquiera, sobre todo cuando era un tiempo en el que había circunstancias demasiado adversas que urgía solventar; pero ¿por qué no he sido capaz de pensar en todo este otro tiempo que aquello quedó atrás? ¿Tanta mella causaron aquellas actitudes que aún hoy sigo debatiéndome entre si tiene valor o no lo que siempre he hecho porque me nace de bien adentro? ¿Acaso no lo tiene ya por el sólo hecho de ser parte de mí?

Es la única secuela de la que no he logrado librarme en estos años, aunque haya superado cosas infinitamente peores. Y, de repente y sin esperarlo, me empujas, me incitas, me insinúas que abra una puerta, quizás la única, que he tenido cerrada porque tal vez no había encontrado alicientes para volver a cruzarla, ni siquiera pensando en mi propia alegría de poder crear.

Uno se escuda en que tiene otras expectativas más gratificantes o en que está saturado por otras cosas; pero lo que en realidad subyace es la falta de confianza en sí mismo para retomar lo que en otro tiempo tanto satisfizo.

Y me he decidido a sacar todos los bártulos que preciso para ponerme de nuevo manos a la obra… Sé que no empezaré hoy, pero a su sola vista llegará el momento en que me entre el deseo irrefrenable de volver a cogerlos para dar rienda suelta a mi imaginación, a las ganas de plasmar en un papel todo lo que me apetece decir con imágenes salidas de mis propias manos.

El silencio de la noche está al caer. Siempre ha sido buen compañero para escuchar sin interferencias lo que hay dentro de mí, pugnando por salir, sin que nada dé alas a los miedos, a las dudas, cuando me encare a solas a esa hoja en blanco y empiece a surgir, color sobre color, todo lo que quiero expresar para que alguien sepa mirarlo, sentirlo y compartirlo...

Algo me dice que he entreabierto esa puerta y que quiero volver a entrar y encontrarme con esa parte de mí, la única, que no he sacado en mucho tiempo aunque me lo haya planteado alguna vez, dando carpetazo tras esbozar simples trazos porque seguía varado en viejos complejos, más imaginarios que reales a estas alturas si me detengo a pensarlo.

Tu convicción se hace mi convicción.
A veces sólo es necesario que alguien, con firmeza, te saque de esa apatía -en la que caíste porque llegaste a sentir que nadie creía en lo que hacías, llenándote de inseguridades absurdas- sólo con decir que ante todo confíes en ti antes que en los demás y que ya basta de guardar por los cajones lo que, aunque algunos no lleguen a valorar, también forma parte de tu mundo y has de expresarlo con todos los medios a tu alcance. El triunfo no es ser reconocido por nadie; es hablar como sabes hacerlo con un don que se te dio y has estado desperdiciando.

Los lápices me esperan tras años de abandono. Mi cabeza empieza a bullir.

© P.F.Roldán

Sinead O'Connor:Thank You for Hearing Me

8 de diciembre de 2008

todo se transforma...



“Nadie sabe por qué un día el amor nace; ni sabe nadie por qué muere el amor un día…”

Escucho a Drexler. Pura música; pura poesía… Siempre me llega, sea cual sea mi estado de ánimo, porque encuentro las palabras que, estando yo bien o mal, expresan lo que en cada uno de esos diferentes momentos me gustaría hacer mías con esa credibilidad del que siente lo que dice y que pone en su voz, sin estridencias, siempre con ternura, aunque hable del amor o del desamor; aunque lo haga al cielo y su edad o al que vive en tierra de nadie, o es nadie en su propia tierra…

Hace años que no me deja indiferente porque en cada uno de los versos que canta me toca dentro, y sólo le he visto en directo una vez, cuando vino a Alhama en febrero de 2005, antes de ser “oscarizado” aunque nos regaló en un bis Al otro lado del río, sin saber que meses después se llevaría la estatuilla dorada gracias a esa canción, no sin que la soberbia de los hollywoodienses le hiciera el desaire de no dejarle cantar, sustituyéndole por Antonio Banderas y un Santana que no acertó un solo acorde con la guitarra –quién lo ha visto y quien lo conoció en mejores tiempos-. En aquel concierto disfruté como si estuviera en otra galaxia… y no exagero. Su sola presencia ya lo llena todo como si no existiera nada ni nadie más. Es carismático siendo sólo un hombre más.

Tengo toda su música. Es quizás de los pocos cantautores que me han despertado la compulsión de hacerme con todo lo que edita. Frontera, Llueve, Vaivén, Eco… sin que haya podido encontrar nunca, entre los miles de videos de Youtube, la canción Crece del álbum Sea… canción que alimentó una breve pasión por quien me descubrió a Jorge, con quien tenía cierta amistad, y que tuvo que regresar a Uruguay por motivos familiares, dando al traste con una bonita historia que, a la sombra de las canciones de su paisano, creció sin que nos diéramos casi cuenta y murió de igual manera… y que a veces recuerdo sin ningún dolor, porque el pasado siempre queda atrás, cuando escucho Transoceánica.

No sabría elegir, si me pusieran en la tesitura de hacerlo, qué canción me gusta o me seduce más. Todo se transforma, Deseo, El Pianista del gueto de Varsovia, Mi guitarra y vos, Milonga del moro judío, Crece, Polvo de estrellas, Me haces bien… y no pararía.

Jorge Drexler me produce la misma serenidad que cuando me siento a orilla de la mar en calma, y dejo pasar las horas en silencio. La misma que sentí cuando desde el Monte de las Cenizas, en otro de esos infrecuentes y absolutos silencios, me quede extasiado en un atardecer único y del que ya hablé hace unos meses.

Siempre que viajo me llevo el discman y nunca me dejo ninguno de sus discos, entre otros que también escojo por aquello de que cada música tiene su momento. Y no sé si encontraré, donde vaya, el lugar para escucharle, pero siempre lo hay. Me pasa lo que a la literatura con los libros de Auster. No me apetece si hay trasiego a mi alrededor.

En este instante me quedo con Sanar… Me recuerda tanto de lo que digo en este blog… “Tu corazón va a sanar, va a volver a esperanzarse…” porque “Todo se transforma”… Y es que todas sus canciones parecen seguir un mismo hilo conductor, aunque ninguna sea igual a otra, ni tengan nada que ver entre ellas.

© P.F.Roldán

Jorge Drexler:Sanar

"el día de la madre"


Hay festividades con las que no ha podido en mí el mercantilismo interesado de las llamadas “grandes superficies”, aunque cuando se decidió cambiar la fecha del día de la madre sólo existían dos cadenas de grandes almacenes, que impulsaron que esa festividad se celebrara en mayo, porque en diciembre quedaba demasiado cercana a la Navidad y en primavera, excepto el día del padre, por san José, no había más fechas para incentivar el consumo con otras festividades multitudinarias.

Desde bien pequeño siempre se había felicitado a las madres el día de la Inmaculada, y así lo he seguido haciendo diciembre tras diciembre, el día 8. Me viene a la memoria como los libreros y estanqueras de aquellos años sacaban a la venta postales de la archiconocida imagen de esa Purísima de rostro infantil, de Murillo, a las que para compensar un poco las carencias de aquel tiempo de una España todavía pobre y en el que apenas se gastaba en perfumes –el recurso más habitual a día de hoy-, las adornaban con aureolas de purpurina plateada, que la mitad se quedaba en el sobre, y garabateábamos con la mejor y más cursi de nuestras letras un “felicidades en tu día con mil besos de tu hijo que te quiere”… Eran absolutamente kitch, pero lo que estaba nuestro alcance…

No es que sea convencional o tradicional; simplemente no he sucumbido a la fiebre despertada por los spots de perfumes y colonias que empiezan un mes antes a recordarnos que llega el primer domingo de mayo, como un mes antes del 19 de marzo se nos bombardea para que los padres huelan mejor, o dos meses antes, recién pasados los Reyes, a que los enamorados se regalen por San Valentín, el 14 de febrero, completando mes a mes el ciclo que han impuesto esos mercachifles para que cada mes “te obligues” a comprar. Y es que para abril, el día del libro y los reclamos para primeros comulgantes de mayo. No te olvides en junio de los miles de Juanes o Juanas, y de premiar a los niños por sus aprobados –vuelta a los anuncios de juguetes-, y en julio las rebajas que, cuando te has venido a dar cuenta, ya está la campaña de la vuelta al cole en marcha y las navidades al volver la esquina…

Nunca he sido de regalar a piñón fijo porque sea lo que manda el calendario... exceptuando los cumpleaños de quienes quiero.
Me satisface más sorprender a otros con un regalo, aunque sea un pequeño detalle sin importancia, cuando me viene en gana, sea el día que sea. Y me satisface porque me alegra ver sus caras de alegre sorpresa ante lo inesperado.

Blanca y yo, tal vez influidos por la diferencia generacional con nuestro hermano o hermanas, más pequeños –que sí pillaron la época de ese cambio-, siempre conservamos el 8 de diciembre como el día “de siempre” para sorprender a nuestra madre -que nunca se acuerda de que ya está aquí la fecha-, haciendo caso omiso de las consignas mercantiles de quienes no voy a hacer publicidad gratuita pero están en la mente de todos.

A medianoche, en cuanto dan las doce, lo primero que hago es felicitarla. Ya no tengo a Blanca para que nos pisemos la llamada telefónica a ver quien llega antes –cuántas veces llegamos a reírnos los dos de eso, de lo que nos chinchaba ver que mi madre estaba comunicando por culpa del otro-…En días así me acuerdo más especialmente de ella y de nuestras complicidades, aunque no la olvido ningún día -sin la pesadumbre de quien ha perdido sino con la alegría de lo que permanece vivo dentro de mí- desde el año en el que se fue. Pero esta noche aún menos…
No sé quién se lo habrá dicho pero mi sobrino, su hijo mayor, ha felicitado a la abuela en nombre de su madre antes de que yo lo hiciera y he vuelto a sonreír porque sigo teniendo competencia, mientras que a mi madre se le han saltado las lágrimas, según me ha dicho después, con la salida que ha tenido el crío. Mitad de añoranza de su hija, mitad de alegría por el gesto de su nieto.

Mañana comeremos juntos, pero será diferente a los otros días en los que también lo hacemos, y que no son muy frecuentes; tendrá un pequeño detalle -mi economía en estos momentos no da para mucho- y sé que será feliz sólo por el hecho de que alguien piense especialmente en ella cuando ya otros decidieron que en mayo les venía mejor para hacer negocio, sin que comprendieran que el cariño no entra en el juego de sus componendas.

© P.F.Roldán

Eddie Kilgallon:Happy Mothers Day

5 de diciembre de 2008

manipulaciones arqueológicas


Llega a mis manos el último número de la revista CLÍO, el 86, y, en principio, me encuentro con la grata sorpresa de encontrar un extenso artículo sobre la Cartagena romana de ocho páginas, extendiéndose sobre el Teatro romano y su Museo.

Veo que lo firman los que tuvieron la fortuna de descubrir el Teatro, toda una sorpresa porque no existía referencia histórica acerca de su existencia, Sebastián Ramallo, al que respeto mucho, y Elena Ruiz Valderas, por la que no siento ningún aprecio personal en cuanto a que la veracidad profesional de bastantes de sus declaraciones dejan mucho sabor agrio a los que no somos tan indocumentados como ella nos considera, desde su argumento de la “titulitis” para que tengamos derecho a hablar. Porque ya ha tenido alguna con algún arqueólogo al que ha hecho callar diciéndole que ella es doctora y el otro un “simple” licenciado. Cuanto más no va a despreciar despectivamente la opinión de los que no hemos cursado esa carrera, por mucho que sepamos, si cierra la boca así a sus propios compañeros.

Para empezar, el empeño de esta señora en llamar “Iglesia” de Santa María la Vieja a nuestra Catedral de la Diócesis de Cartagena, que como tal es considerada no sólo por la consejería de Cultura de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia, sino también por el Ministerio de Cultura, que la tiene incluida en su Plan de Restauración de Catedrales, y que fue declarada BIC también como Catedral en 1931, siendo ratificado ese BIC en 1972, sin que hasta la fecha, como ya apunté en otra entrada, se haya solicitado jamás la más mínima ayuda para esa restauración por las autoridades locales o regionales. Pero de esta arqueóloga no se puede esperar menos que el que siga las consignas del Partido por el que ha ido ascendiendo puestos vertiginosamente a dedo –pasando de ser una arqueóloga más, por encima de escalafones, a coordinadora municipal de arqueología, después a directora del Museo Arqueológico Municipal y ahora del Museo del Teatro Romano-, y poco estimada por la mayoría de colegas de profesión, que la consideran -soto voce por temor a no trabajar en sucesivas excavaciones si se le encaran- una trepa.

Veo también en este artículo que declara que el Museo es monográfico de los hallazgos en el Teatro, cuando se expone el togado capite velato, encontrado en el Cerro de El Molinete, entre la Curia y el Templo Capitolino y que, por tanto, nada tiene que ver con esas excavaciones del Teatro. Manipulación habemus.

Recuerdo una conversación con ella, estando presentes los arqueólogos que trabajaban en las excavaciones de lo que se dio en denominar la zona industrial portuaria de Carthago Nova, en la calle de la Morería Baja y adyacentes. Entre otras cosas, estuvimos hablando de la oportunidad de conservar aquellos restos, a los que ella no daba valor, pero entre los que se encontró en muy buen estado una calzada romana de punta a punta de la calle, y algunos muros de importantes dimensiones, algún fuste de columna, así como un par de mosaicos que enseguida se cubrieron con plásticos. Su argumento es que no hay que reinventar nada, cuando la mitad de la columnata del principio de la Morería, es más falsa que judas ( tres fustes incompletos y un par de basas originales y el resto sólo añadidos modernos para darle más empaque), y ahora se inventa una presunta exposición monográfica con piezas, el togado no es la única, que en nada guardan relación con el Teatro y que se han sacado de los fondos del Museo Arqueológico Municipal.

Cuando Blanca y Luis de Miquel encontraron el Templo de la Tríada Capitolina, ya Ramallo, según los libros de Mediano Durán, dijo que se encontraban ante una nueva Pompeya en el centro de Cartagena. Frase que ahora se arroga como propia el ex director regional de Cultura, Noguera, trece años después como si fuéramos olvidadizos. Ya entonces se supuso, por Blanca y por Luis, que estando el Templo allí, no lejos estaría la citada Curia, algo que vinieron a confirmar los descubrimientos del Augusteum y del capite velato.

Ese día que Elena y yo coincidimos en la Morería, no me reconoció en principio porque traía la ceguera de la euforia en la cara: “Vengo de descubrir la Curia” y ahí nos enzarzamos en una discusión bizantina, porque la Curia ya estaba datada y porque eran otros los arqueólogos que trabajaban en ella, y que acabó desviando hacia su última visita a los Foros de Roma, al decirle uno de los arqueólogos allí presentes que yo era hermano de Blanca cuando se me puso gallo para callarme... A mí que hablo hasta debajo del agua si tengo pruebas irrefutables.

Pero la discusión más fuerte, que zanjó trepando tacones arriba por las gradas del Teatro otro día que estábamos de visita con el concejal del Movimiento Ciudadano un grupo de patrimonialistas, fue en la que le espeté que cómo se atrevía a negar rotunda y gratuitamente que la Catedral no era Catedral y que la necrópolis paleocristiana, que ella databa de entre los siglos V y VI, no pudiera haber sido de origen bizantino, o tener enterramientos de esa época, ya que estos conquistaron Cartagena, convirtiéndola en la capital de la provincia occidental del Imperio, Spania, con el nombre de Carthago Spartaria a mediados del siglo VI; provincia bizantina nada despreciable ya que en su época de mayor extensión, durante el reinado de Justiniano I, abarcaba casi todo el sur de España y parte del Algarve portugués, con ciudades tan importantes como Corduba (Córdoba), Malaca (Málaga), Begastri (Cehegín), Tingis (Tánger) o Illici (Elche), siendo sede Metropolitana y por tanto, indudablemente, con una Catedral que fuera silla del Arzobispo metropolitano. Curioso resulta que como tal conste en actas san Liciniano, y que, en el palacio episcopal que se encuentra en Murcia, haya un retrato antiguo de san Fulgencio, patrón de la Diócesis y santo cartagenero, en el que figura la leyenda “Arzobispo de la Carthaginense”.

Pero aún hay más. Desde Murcia, los historiadores regionales han dado por sentado siempre que Cartagena dejó de existir totalmente tras la destrucción de la misma, para convertirse en una aldea de pescadores, una vez conquistada a los bizantinos en el año 622 por el godo Suintila, apoyándose en un texto de san Isidoro, que no estaba aquí para cerciorarse de que tal destrucción fuera tan extrema, y cuando en 675, Munulo, obispo de Cartagena, aparece firmando una de las actas de los concilios de Toledo, lo que demuestra que 50 años después de su toma por los visigodos, había un obispo con su sede en la ciudad. Y un obispo siempre tiene su sede diocesana en una Catedral.

Así que ¿”iglesia” de Santa María la Vieja? No, señora Ruiz Valderas, Catedral de Santa María, le digan lo que le digan que tiene que decir los políticos de turno. No manipule. Y, de paso, devuelva el togado al Museo Arqueológico pues nada tiene que ver con el del Teatro, y que en todo caso se ubique en su día en la Curia que se está musealizando debajo del aberrante Centro de Salud, por obra y mandato de su Ilma. Barreiro, en el Parque Arqueólogico de El Molinete, que va desde el Decumano de la plaza de los Tres Reyes y las Termas, pasando por el Templo Capitolino, hasta la mencionada Curia.

© P.F.Roldán

Paco Ibañez:Es Amarga La Verdad

me reitero, te insisto… ¿quieres escuchar!


¡No has perdido nada! ¡No has perdido nada! ¡No has perdido nada!
Al contrario. Se te ha dado la oportunidad de reencontrarte y ser feliz contigo mismo lejos de quien te ha hecho sufrir hasta la saciedad durante años; de quien por cada rato de felicidad te ha dado cien de amargura y decepciones de cien diferentes maneras; de quien nada te ha aportado ni reportado.

¿Por qué lloras si has recuperado tu libertad en vez de alegrarte por ella? Piensa si se merece tus lágrimas, tus malas noches de pesadillas, tu tristeza, pero sobre todo indaga en tu inteligencia, que la tienes –los dos lo sabemos y quienes te quieren también-, si te mereces tú padecer de esta manera por quien nada hizo por ti cuando le diste tu vida entera mientras estuvisteis juntos sin que nunca hubiera nada recíproco que te pudiera hacer feliz.

Sólo existió lo que pudiste sentir en tu corazón por quien tanto mal te ha devuelto. Ahora sabes que ni eso queda dentro de ti. ¿A qué, pues, ese duelo? ¿Por qué esas ganas de revolcarte todavía en un fangal del que se te dio la oportunidad de salir y que sólo es ya como agua pasada que no ha de volver? ¡Déjala correr y tú vive! Porque quien te ha abandonado está viviendo sin acordarse ni de que existes si no es para reírse malvadamente de ti cuando le llega a sus oídos que estás al borde de la depresión. Sin embargo, tú sigues en pie entre tanta ruina y ruindad. ¿No eres capaz de verte erguido hacia el cielo mientras todo queda asolado a tus pies? ¡Detente a observarte y niega, si puedes, cuánto vales!

¿Depresión? ¿Por causa de qué? Si desde hace años no eras libre… Algún día no muy lejano agradecerás que todo haya sucedido así aunque ahora te parezca imposible.

Mira por ti. Vive para ti. Pensarás que es fácil decirlo viendo los toros desde la barrera, que no es a mí a quien le duele, pero piensa que con eso mismo hemos lidiado todos en alguna ocasión y que, aunque seamos todos diferentes, la meta es la misma para cada uno de nosotros, y que no me merece la pena alargar en demasía el tiempo, si no del olvido, el de la propia rehabilitación de nuestra mente y de nuestro corazón cuando han sido destrozados. Cuanto más dejes pasar más deteriorado se volverá todo y el precio a pagar será más alto. ¿Quieres pagar ese precio por algo que no tiene ya ningún valor o gastarlo en ti para enfrentarte en perfectas condiciones a lo bueno que esté por sucederte de ahora en adelante?

Sólo cuando uno se quiere de verdad puede llegar a ser querido en igualdad de condiciones por quien sepa ver todo lo que hay en nuestro interior. De otra manera evitarán nuestra compañía al vernos desolados. ¿Quieres que te rehúyan los que podrían llegar a amarte como siempre has deseado? Está en tus manos, en tu voluntad, salir de ese círculo vicioso en el que te han mantenido tanto tiempo y en el que te han dejado solo…

¿Solo? Sabes que no lo estás. Piensa en tus amigos de verdad; en todos los que te han sido leales siempre; en los que nunca has dejado de confiar… Son mil veces más importantes que un solo segundo de lastimosa autocompasión y en ellos encontrarás una parte del sosiego perdido. El resto depende de ti. De cuando a solas puedas ser capaz de decirte cuánto vales y que mereces una vida mejor que la vivida.

Nada hay peor en esta vida que una sola lágrima derramada por causa de quien no la ha merecido nunca, por mucho que nos trastornara el corazón, y menos cuando nos vuelve del revés la inteligencia, negándonos así la posibilidad de mirar el porvenir con esperanza. Si hay quien puede creer que disfruta con tus derrotas, alégrate pensando que no son tales. Es tu victoria para seguir adelante sin cargas.

¡No has perdido nada! ¡No has perdido nada! ¡No has perdido nada!... y nunca perderás nada mientras logres estar en paz contigo mismo. ¡Vive, joder! Que sólo tienes esta vida y no merece la pena desperdiciarla ¿o acaso lloras por la bolsa de basura cuando la llevas al contenedor?

© P.F.Roldán

Joaquin Sabina:La Bien Pagá

4 de diciembre de 2008

girasoles


Terminé anoche de leer Los Girasoles Ciegos, de Alberto Méndez. Qué buen y emotivo libro. (Gracias por descubrírmelo, como hiciste con El Libro de la Ilusiones, de Auster… aunque he de confesarte que no te hice mucho caso con El niño con el pijama de rayas, de Boyne, que leí la semana pasada y que a mí si me ha gustado, como un terrible cuento de Perrault, aunque no tanto como “los girasoles”; en esto te doy la razón.)

Cuando regresaba de León hace un par de meses, tomé desde el bus una fotografía de un campo de girasoles que salió movida porque la cámara que llevaba no está preparada para captar fotos a mucha velocidad. A punto estuve de eliminarla cuando empecé a seleccionar de las fotos del viaje las que merecía la pena guardar, pero ésa en concreto, pese a estar desenfocada, me resistí a borrarla sin saber entonces porqué.

Siempre que he pasado por Castilla a principios de otoño, me ha gustado contemplarlos; ese amarillo brillante que dan a los páramos de la meseta, a veces pardos de infinitos matices, en ocasiones marrón oscuro -como humoso-, salpicados de exiguos verdes –alguna pequeña pinada solitaria- según otras épocas del año, porque son tierras llenas de contrastes según sean los cultivos (viñedos, trigales, olivares, pastizales…)
Ese amarillo de una flor a la que, aun hermosa en plena floración, no había dejado de considerar hasta ahora algo “tonta”, tan prendada del sol que lo va siguiendo durante todo el día sin voluntad propia.

Ahora, al terminar el libro, intuyo que realmente es una flor condenada, para subsistir, a seguir de por vida -como sometida a él, no enamorada- el decurso de la luz diurna… como los personajes vencidos de los cuatro relatos del libro.

Me ha emocionado especialmente la historia de Lorenzo, el niño del último de los relatos que da nombre al libro, aunque no dejan de hacerlo igualmente el capitán Alegría, Eulalio, luchando por la vida de su hijo recién nacido, o Juan Senra. Vencidos y humillados hasta extremos inhumanos, que en un momento crucial y al límite encuentran la dignidad, que les han robado, en dejar de someterse a pesar de saber que les espera el más indeseable final, en una voluntaria y suicida ceguera.

Cuántos girasoles ciegos nos rodean cotidianamente sin que sepamos nada de ellos hasta que salen en las páginas de sucesos. Nos cruzamos con ellos por las escaleras, en los autobuses urbanos, en el supermercado… y nada sabemos del sufrimiento que arrastran, escondidos en un disimulado armario, como una tumba en plena vida. Mujeres, y también algún que otro hombre porque no sólo ellas sufren la violencia llamada de género, sometidas y apaleadas por sus parejas o ex parejas; verbal y físicamente vejadas, hasta que un día se revuelven contra una vida que les niega hasta la alegría más pequeña en manos de un sujeto atroz, del que sus vecinos siempre dicen, sorprendidos -aunque cueste de creerles-, que jamás sospecharon de su violencia y crueldad como si esos síntomas esquizoides surgieran por generación espontánea en un funesto segundo inconcreto.

Y es que existimos otros girasoles ciegos, pero sin la dignidad de aquellos. Los de la falsa ceguera; los que cerramos los ojos a los que nos rodean, siguiendo mecánicamente -por miedo o por comodidad- nuestro incesante rotar diario… aunque a través de las rendijas de las ventanas y puertas, de los tabiques o respiraderos comunitarios, nos lleguen, desgarradores, los gritos y lamentos de aquellos que acabarán sucumbiendo a manos de sus tiranos.

© P.F.Roldán

Luar Na Lubre:Domingo Ferreiro (imágenes de "los girasoles ciegos", de J.L.Cuerda)

Bebe:Malo

3 de diciembre de 2008

llevarse palos... no siempre duele


A veces nos vapulean, pero no está mal a pesar de que nos podamos sentir fuera de órbita en los primeros momentos, y aunque sea duro si sobre todo sabemos que no nos merecíamos que se nos tratara así.

Cada cosa que nos acontece no es solamente una nueva experiencia que almacenar en el chip de la memoria. Es una nueva lección que, sabiendo asimilarla, nos ayudará a no sobrestimar nada y a nadie por encima de su auténtico valor guiados más bien por las emociones que por la razón.

A final todo acaba poniéndose en su lugar porque, no existiendo las casualidades -al menos para mí-, el destino te acaba cruzando con quienes te dan la respuesta a lo que pareció un sinsentido. Y es que estos te confirman que algunos no son lo que aparentan para hacerte creer en ellos, fingiendo una imagen tan edulcorada artificialmente sobre su personalidad cuando sólo es simplemente una tramoya que consigue que tu sexto sentido deje de funcionar para caer en la trampa que ladinamente han ido tendiendo con premeditación, estudiándote antes a fondo para encontrar tu talón de Aquiles.

Cuando te abren los ojos a la verdadera realidad –nunca es tarde si eso libera y enseña- empiezas a comprender que los primeros análisis que hiciste al recibir el varapalo no iban muy desencaminados aunque en un principio el sentido común estuviera tan obnubilado como para aceptarlos como acertados o verosímiles. Pero, después recuerdas que hasta te negaste incluso a escuchar a los que veían de antemano la que se te venía encima, porque uno mismo, erre que erre, eligió la ceguera y la sordera bajo los efectos adormecedores de la conciencia que los anhelos del yo más primario despliegan, ofuscándote.

Es cuando ya te has llevado el palo que recobras la sensatez y escuchas y ves lo que no quisiste aceptar en un primer momento, y te das cuenta de que también tus alarmas sonaron entonces porque había cosas que te descuadraban lo que ya tu experiencia sabía, pero las desoíste porque deseabas confiar en tu fuero interno que, aun estando escaldado, esa vez todo era creíble. No era posible que nadie pudiera mantener una mentira tanto tiempo. ¿No tienen las mentiras las patas cortas, dicen?

Pero, de sopetón, cuando ya has recibido la bofetada y se ha pasado esa euforia, más propia de primerizo, y has bajado del cielo a la realidad en un santiamén y los sentidos vuelven a ponerse en marcha, incluido el sexto –al que anestesiaste con tu afán de creer un poco a tontas y a locas-, vuelves la vista atrás y entonces recuerdas que no ha sido la primera vez que caíste. Que siguen existiendo los embusteros profesionales, bien pertrechados en su dilatada experiencia con artificios que ignorabas porque eran nuevos para ti, aunque siempre tengan alguna pieza que no encaja porque ya es tan vieja como sus artimañas compulsivas. Era la pieza que no te encajaba en el rompecabezas, la que te descuadraba el puzzle y que preferiste obviar porque las otras eran más atractivas por novedosas para tu credulidad, pero ésa ha sido la que finalmente te ha acabado dando la clave cuando has quitado cerrojos a tu recaída en la estupidez y has escuchado a los demás y, sobre todo, a tu interior que cada día se va volviendo más prudente.

Ahora eres consciente, al fin, de sus carencias emocionales y hasta culturales; de su vacuidad disfrazada con arrumacos que te atontaban; de su pretenciosidad que sólo era la máscara de su pobreza en principios esenciales… Y disculpabas todo eso, que presentías sólo fachada pero te negabas a ver, porque querías amar y el amor lo disculpa todo… aunque ahora reconoces lo poco que habría durado, de haber continuado, al no poder existir una reciprocidad que os hiciera cómplices más allá de las caricias o los besos, en esas otras horas en las que la comunicación no habría sido posible al estar en diferentes planetas a años luz el uno del otro. Y en vez de entristecerte, hasta te sientes aliviado y contento de que te hayan apaleado

Y por eso decía al principio que no está mal llevarnos un palo, aunque cada vez sea más de tarde en tarde, porque nunca seremos lo suficientemente experimentados en toda nuestra vida para saber protegernos siempre de las asechanzas de algunos. Esta nueva lección nos ha servido de mucho como para no apreciarla, dejándonos arrastrar por la iracundia del sabernos estafados.

La rabia no conduce a ninguna parte; pero reconocer con humildad que seguimos y seguiremos siendo vulnerables, pese a todo lo vivido, y que hemos de seguir aprendiendo cada día hasta el final nos hará aún mas fuertes y un poco más sabios.

© P.F.Roldán

La Lupe:Teatro

1 de diciembre de 2008

la alegría de ser yo mismo


Con mis virtudes y defectos, sé quién soy, lo que quiero y lo que espero. Y estoy alegre porque, aunque me caiga cien veces, cien veces sabré levantarme, porque soy consciente de que aún me caeré muchas más, pero tengo la valentía de enfrentarme con todo lo que la vida quiera ponerme a prueba.

Nunca me han faltado arrestos para encarar cualquier situación difícil, por el contrario me crecen en valor y fuerza; al revés de lo que hacen otros que se las pasan lloriqueando sus males y siempre sintiéndose fatal… incluso con fingimiento a veces porque no es para tanto, sobrecargándote.

Tal vez aprendí hace tiempo a no entrar en según qué juegos a varias bandas, como si vivir fuera una mesa de billar en la que te llevas tacadas por todas partes, ni a dejarme avasallar por unos y otros, como si fuera un pelele sin cerebro ni sentimientos, porque algunos vivan sólo pendientes de su entrepierna sin saber lo que significan palabras como respeto, lealtad o sinceridad. Vocablos que sí están en mi diccionario cotidiano y que practico, proporcionándome una existencia más llevadera cuando vienen mal dadas y te quedas un poco fuera de juego por unos instantes cuando las circunstancias te sobrepasan, a la vez que me hacen sentir un poco más libre que quienes viven esclavizados por sus instintos, mintiéndose y mintiéndote..

Y es que también he aprendido a sobreponerme enseguida de esas situaciones. Hace mucho que supe que es una inutilidad alargar sine díe los duelos; que es estéril llorar por una planta, aunque fuera muy valiosa, que se ha secado y que por más que la riegues nunca retallará. Quien jugó a perderme perdió más que yo. Sólo hay que volver a recordar el poema de los Epigramas de Ernesto Cardenal. También me libera.

Al menos a mí me queda lo que siempre he conservado como oro en paño, lo que cuantos me habéis leído ya sabéis: mi sonrisa. Esa sonrisa que puede hacer sonreír a otros –lo que ya es suficiente para llenarme de alegría- porque la vida no vale nada si nos quedamos impasibles ante quien precisa de nosotros. Ella es la que me sigue manteniendo lúcido ante los desatinos ajenos y llenándome de coraje para vivir y ser útil a quienes de verdad me necesitan. Quizás por eso colaboro en la medida de mis posibilidades con varias organizaciones, que sería una presunción citar.

¿Recordáis el cuento “La camisa del hombre feliz”? Al final resultaba que tras mucho buscarle, el hombre feliz no tenía camisa. Pues así me siento en cierto modo. Despojado de todas las cosas superfluas que, como cadenas, me impedirían ser algo más feliz algún día de estos. La moraleja de aquel cuento era ésa. Se alcanza la armonía interior cuando no se alberga dentro de uno ni rabia, ni odio, ni envidia, ni resentimiento, ni penas incurables, ni tantas de esas cosas que nos hacen desgraciados porque otros sean felices… o porque tomamos como excusa que otros nos impiden ser felices porque nos odian, nos envidian, nos rechazan o nos hacen la vida imposible, alimentando con ello un insano victimismo. Sólo se puede alcanzar un poco más de felicidad cuando, liberados de todas esas triquiñuelas que se inventa nuestro egoísmo o nuestra cobardía, somos capaces de ser generosos con los demás sin esperar nada a cambio.

En nuestras manos siempre tenemos el poder contrarrestar todo el mal que pretenden hacernos, sobre todo emocionalmente, las gentes vacías si sabemos quienes somos y que nada puede desbaratar nuestra paz interior… y a pesar de que, humanos, suframos raptos de impotencia y anonadamiento, no exentos de justa ira, ante la perfidia de otros. Pero sólo de nosotros depende que duren lo preciso para no ir a la deriva a causa de ellos, dejándonos arrastrar por esas marejadas, y coger el timón para virar a tiempo antes de encallar en peligrosos arrecifes que sólo conseguirían ahogarnos en un mar de sufrimientos.

En nuestro poder está la balanza para conocer el peso justo de las cosas y su verdadero valor. A quien darnos y a quien no, y a veces, a nuestro pesar, no será tanto como creíamos; otras valdrá más de lo que esperábamos. Lo único importante, sin resignarse –nada más triste y patético que la resignación, más propia de coplas y boleros desfasados-, es aceptar las cosas como vienen, poner de nuestra parte para saber vivirlas tal cual e intentar asumir que la vida, como las rosas, no deja de tener también sus espinas, y que unas veces la disfrutaremos y otras nos herirá, pero no por eso dejará de ser hermosa si la vivimos hacia afuera.

Cuando uno es uno mismo, y vive como es y es como vive, no hay espina que se pueda clavar tan hondo como para dejarnos maltrechos indefinidamente, aunque queden cicatrices. Sólo los débiles, los cobardes, los faltos de identidad, los que se ignoran a sí mismos, los que se encadenan a su ego, los que se dejan maltratar… nunca tendrán la fuerza suficiente para encontrarle valor a su existencia y sobreponerse a cualquier desafortunado avatar, del que no estamos libres ningún ser humano pero algunos sí tendremos la capacidad para superarlo.

La diferencia estriba en querer vivir hasta la muerte o vivir muertos en vida.

© P.F.Roldán

Pablo Milanés:la vida no vale nada...

30 de noviembre de 2008

la vida continúa



Hace años, una mujer culta y ama de casa de lo más corriente, mi abuela materna –de la que heredé cierto don, uno de esos en los que nadie cree hasta que los pasmas con un augurio que se cumple- me enseñó una especie de ritual para alejar a las personas que no son buenas para tu vida. Y lo extraño del caso para los incrédulos es que siempre que lo he puesto en práctica ha funcionado en menos de 72 horas.

No es nada perverso ni tiene que ver con magias negras puesto que no se le desea mal a nadie. Que el Cielo nos libre de que se nos devuelva con creces aquel daño que se pueda desear a alguien. Es únicamente una oración –qué cosa más simple ¿no?- para apartar de nuestro lado a quienes no son positivos para nuestra evolución y que, a veces cegados por los sentimientos de amor o de amistad, no pensamos en que lo sean.

Son esas raras cosas que parecen impropias de una persona con una cierta cultura, pero que se han transmitido durante generaciones y, sin que por ello uno sea un analfabeto, porque ahí está la experiencia para demostrar que funcionan. Cada equis tiempo, cuando son tiempos revueltos, las suelo poner en práctica y nunca han dejado de ser eficaces. A la vista salta a raíz de los hechos más recientes.

Fue curioso encontrar ese mismo ritual en un recopilatorio de América, la madre de Olvido Gara, Alaska, que también ésta aporta al libro el suyo propio. Así que, por lo visto, es algo que viene de lejos.

Habrá quien piense que son supercherías, pero nada más lejos de la realidad. Son ritos que se vienen practicando ancestralmente, desde las distintas formas de cultura y por diferentes motivos, desde que el hombre pintaba en las cuevas para atraer la caza. Pero los hombres del siglo XXI sólo solemos creer en lo que vemos o es tangible.

Anteanoche, cuando tuve el rifirrafe con el de los sms, me acordé de que hace tiempo que no lo ponía en práctica y me puse a ello, porque tal vez -por esa dejadez- vengo cayendo últimamente en manos de algún otro desaprensivo o sin las ideas claras –digámoslo así por ser piadoso, porque a cierta edad ya no somos niños- que juegan con los buenos sentimientos y la confianza de los demás.

Para los que no lo vean una estupidez, transcribo este ritual, nada complicado de ejecutar y que sólo requiere creer en su efectividad.

Una cuartilla de papel, en blanco, sobre la que vamos escribiendo en el anverso –a ser posible con lápiz, que es un medio menos artificial- los nombres de todos, absolutamente todos, los que conocemos, incluidos los familiares, los amigos de siempre, los nuevos, los simples conocidos… y en el reverso una sencilla oración: “Ángel de mi Guarda que me proteges siempre, líbrame de aquellos que, de entre todos estos aquí nombrados, sean un obstáculo para mi vida o me deseen algún mal. En ti confío para que los alejes y me libres como hasta hoy de quien no me quiere. No les deseo ningún daño. Al contrario, te ruego que su propio Ángel les ilumine. Amén.”.
Acto seguido encendemos con cerillas, nunca con mecheros, una vela blanca, a ser posible de las que dan en el Oficio Pascual del Sábado de Gloria (siempre tengo la de un año para otro), aunque vale cualquier otra mientras sea blanca, y en un cuenco de barro le prendemos fuego al papel. Una vez quemado se arrojan las cenizas a una corriente de agua, que en casa se sustituye por el inodoro, concentrándonos en que desaparezcan de nuestra vida todos aquellos de ese listado que no son benéficos para nosotros a la vez que agua arrastra esas cenizas. Pasados unos minutos, apagamos la vela, nunca soplándola sino con las yemas de los dedos humedecidas previamente.

Hace no más de dos horas se despedía de mí alguien por quien yo sentía mucho, intentando –como todos- venderme como premio de consolación la moto de lo del amigos para siempre (que de esos y buenos tengo los suficientes), pero de quien dudaba desde que le vi por última vez por una serie de historias raras a medio explicar poco convincentemente, esperando que tal vez otro día serían más clarificadores sus argumentos. Ahora ya sé que, como supuse, ese día no llegará porque todo él me ha demostrado que es una mentira tras otra (y eso que no quise escuchar a quien quería ponerme sobre aviso porque aborrezco los dimes y diretes de gentes despechadas). El tiempo es maestro y, además, estoy bien protegido como vuelvo a comprobar para que me hieran de forma gratuita.

Reconozco que soy muy crédulo a veces y no niego nunca la oportunidad de que la gente se pueda sincerar. Es una oportunidad que no se le puede negar a nadie y menos cuando deseas quererla. Lo he repetido muchas veces. Me tienen que dar tres patadas para que me dé cuenta de que van a por mí. La primera siempre la interpreto como algo accidental; la segunda, me da qué pensar pero la disculpo; la tercera me empieza a abrir los ojos… la cuarta llega cuando ya no pueden hacerte daño porque te has protegido, aunque incluso sin daño puede llegar a doler porque no somos de piedra… El caso es que se ha despedido y, aunque el corazón se ponga renegón, la razón sabe que ha sido lo mejor porque ya me costaba confiar en él.

Soy de mucho razonar y analizar, así que cuando me ha ofrecido simplemente su amistad, no he tardado ni una hora en concluir que no me interesa para nada seguir en tratos con alguien del que ya dudaba como persona y por qué no entiendo que se cree la gente que es una amistad de verdad, cuando ninguno de sus actos en estas semanas me han demostrado que sepa lo que es y a pesar de mi absoluta incondicionalidad que no le ha pedido explicaciones en ningún momento. En fin. Seguimos aprendiendo día a día.

Y la vida continúa. No se queda atascada en una historia que en breve es agua pasada, y porque de esas historias hemos vivido muchas, demasiadas, como para recaer en estados indeseables. Por mucho que se haya llegado a sentir y a querer, abandonarse a la melancolía es una pérdida de tiempo cuando detrás de ella suelen venir las lágrimas y la tristeza. A veces, sin ser insensible, se me hace incomprensible el verso de Neruda: “es tan corto el amor, y es tan largo el olvido”, porque, por romántico que sea, no resulta nada práctico para la salud mental. Y sin ésta dudo que pueda volver a sentirse amor de nuevo.

Por el contrario. Hay que seguir conservando ese otro don: el de la sonrisa, porque mañana volverá a salir el sol, seguiremos viviendo y hay que ver el lado positivo de las cosas. Aunque no nos haya gustado perder lo que creíamos real y nos hizo felices, hay que pensar que si ha ocurrido así es porque se nos ha liberado de un lastre, uno menos, para nuestra vida.

Dejé claro que soy muy heterodoxo en cuanto a mis creencias, pero nunca dejo de tener en cuenta que tengo un Ángel de la Guarda que vela por mí. Tenga la forma que tenga y sea quien sea, el caso es que nunca he dejado de sentir su protección desde bien pequeño.

¿Supersticiones? Afirmo rotundamente que hasta ahora “ese Alguien” me ha ido librando de todo mal, sacando de mi vida a quienes no merecen estar en ella. Y puede que mi corazón no lo entienda, pero siempre me queda la sensación de una inmensa paz. ¿Paradoja o simplemente el sentido común?

© P.F.Roldán

Astor Piazzolla:milonga del ángel

están ahí...



Desde hace unas tres semanas, ha comenzado el bombardeo televisivo de anuncios de turrones, juguetes mil, colonias y perfumes, sidras o cavas… anunciando que se acercan las navidades, y con ellas el estímulo a un consumismo desaforado, como si fueran los únicos trece días del año en los que podemos ser felices si nos dedicamos a echar la casa por la ventana.

Si ya de por sí se había desvirtuado en años anteriores la cosa, porque invitar a comprar por encima de nuestras posibilidades es llegar al mes de enero con los bolsillos vacíos –al menos el españolito de escaso sueldo-, ahora, con la crisis esa incitación al consumo es no sólo aberrante sino inmoral, porque la gente nos solemos dejar llevar y parece que si no gastamos no estamos a la altura…

¿A la altura de qué o de quién?

Hay quien dice no creer en la Navidad y hasta que odia estas fiestas, pero no se priva de comprar cuanto pueda “porque es lo que toca” en estos días. Así que nadie está a salvo del despilfarro incontrolado, que ha ido creciendo a lo largo de estos últimos años mediatizados por el exceso de publicidad. ¿Será que esa manera de gastar compulsivamente nos evade de los problemas reales?

Recuerdo cuando a los que sí creemos en la Navidad nos hacía felices que esas fechas fueran el motivo o la excusa para que toda la familia se pudiera reunir en torno a una mesa a cenar o comer; que no existía Papá Noel para volver a gastar en Reyes otro tanto, y que nos alegraba que esos Reyes Magos nos dejaran cualquier cosa, de las muchas que les habíamos pedido, y un poco de “carbón” para recordarnos que no habíamos sido del todo buenos. Pero los niños de ahora, maleducados en una sociedad en la que eres más cuanto más tienes y más puedes presumir antes los demás, patalean sino se les compra el último modelo de videoconsola o de muñeca que eructa, hace pis y te llama “mamá” cuando la achuchas contra el regazo. Y los padres no contribuyen a que sepan que no todo es tener y tener, aun sabiendo que muchos de esos juguetes quedarán arrumbados a los pocos días, cuando sus criaturas se aburran de ellos, por mucho dinero que se hayan gastado en comprarles lo mejor del inmenso mercado que se monta de cara a estas fechas.

No van a ser unas navidades tristes para la inmensa mayoría, y aunque nos cueste pagar la hipoteca. Seguiremos consumiendo podamos o no podamos. Hay que ser forzosamente felices en estos días porque así lo pregonan los grandes almacenes y las afamadas marcas de productos inútiles… si no lo haces serás un pringadillo, y eso no le gusta a nadie, aunque vaya en contra de lo que sería racional.

No nos conformaremos con montar el árbol de siempre, o el belén aquellos que lo pongan. Hay que llenar hasta lo increíble las mesas de manjares exquisitos, aunque queden sobras que irán directamente al basurero; nos daremos regalos en los que, por otra parte, no solemos atinar mucho aunque nos hayan costado un dineral pero es la norma no escrita del “quedar bien”, y cuanto más caro sea el regalo –por muy inadecuado que sea- más demostraremos que somos, no generosos, sino más pudientes que el que compró algo más acorde con su economía.

La Navidad se ha convertido en la fiesta del aparentar y a mí, que personalmente sí me gustaban esos días, me entran ya ganas de odiarlos porque es como si dejáramos de ser los que somos para convertirnos por casi dos semanas en tristes marionetas de una sociedad de consumo de un mundo globalizado para peor, con un gordo barbudo y flatulento, vestido de rojo, imagen publicitaria de un refresco made in USA, al que ya muchos horteras cuelgan de sus balcones convertido en símbolo de estas fiestas.

Si nuestros abuelos levantaran la cabeza seguro que se sacaban el cinto y nos corrían a zurriagazos por descerebrados porque la felicidad no es tener más y más, y por encima de nuestras posibilidades, sino ser feliz con lo que ya se tiene... y sobre todo con el amor de los tuyos.

© P.F.Roldán

Marlene Dietrich:Little Drummer Boy


29 de noviembre de 2008

ya sin paños calientes



Esto es como un epílogo a los textos sobre el estoicismo y los límites de la paciencia.

Uno a veces se equivoca al pensar que a la gente, a “esa gente”, le queda un mínimo de dignidad para comprender que no quieres nada con ellos cuando les cortas el teléfono seis veces en diez minutos escasos; cuando ya los eliminaste de tu messenger y de tu vida.

Este individuo no es así. Es un obseso que debió de perder la cabeza en cualquier parte, un enfermo mental con manía persecutoria, porque al ver que no le daba cancha se dedicó a mandar sms, hay veintiuno contados en menos de hora y cuarto, uno tras otro, a cual más insultante e incluso gravemente amenazadores. Tanto que tuve que llamar al 091 y presentar una denuncia por esas amenazas y por el acoso continuo que hizo durante horas… y que ya venía de dos días atrás, sin que le diera mayor importancia, pero ayer fue la traca final al ver que no se salía con la suya.

Con todo lo que ya conté anteriormente, y lo que por respeto me callé, quedaba bien claro que es una persona indeseable, egocéntrica, insegura, acomplejada, cargante, exigente con los demás; de esas que no saben asumir que les dices que NO y te persiguen sin tregua porque no les entra en su desvarío que quieras huir de ellos como de la peste. Se creen divinos y que los demás hemos de ser planetas alrededor de su ego.

Y hoy ya no me callo, ni por respeto, porque no lo merece un tipo así. Se acabaron con él los paños calientes.

Si ya te enteras de que ese tío es un ladrón que ha desfalcado varios miles de euros de la cuenta corriente de su propia madre, al poco de que ésta enviudara hace unos meses; si encima te desmiente lo que muchos te cuentan de que es un puto o chapero para costearse las pijadas a las que no tiene acceso con la miseria que le saca mensualmente a la familia, que no puede ni pagarse el alquiler, pero acabas encontrando a los que te lo confirman con pruebas; si encima sabes que de licenciado en geografía tiene lo que yo de astronauta; si sólo te persigue para ser el centro de tu propio universo, tratándote como a una mierda porque sólo cuentan él y sus cosas… Más motivos aún para haberle eliminado del todo. Y ya el redoble de tambores llega anoche, en mitad de la persecución, cuando dice que se viene desde Murcia a mi casa, 40 kilómetros, muy cabreado y que no sabe lo que será capaz de hacerme si no le doy explicaciones satisfactorias… ¿Qué es el concepto de satisfactorio para una cabeza extraviada? Vamos que los pobres enfermos mentales a su lado están más que cuerdos.

Con su cuerpo puede hacer lo que guste. Nunca he pedido ni pediré explicaciones, ni me asombro ni me hago cuces con nada. Cada uno es libre de hacer lo que le dé la gana con él, hasta de ponerlo en venta, si quiere, para ganarse la vida fácilmente ya que lo de trabajar, según sus palabras, no es lo suyo. Pero lo que no consiento es que entre en mi vida privada como un elefante en una cacharrería un niño tonto e infeliz, incapaz de comprender en su hueca cabeza que cuando has decidido tomar el camino del distanciamiento es porque hay sobradas razones.

Para qué repetir aquí sus improperios si sólo es el triste autorretrato de su propia vida lo que suelta por esa lengua viperina. Sus complejos, carencias, envidias, inseguridades,…

Entre tantas miles de personas, me tenía que tocar a mí dar con el esquizofrénico de turno, que se sabe vender muy bien, rogándote que le ayudes, que tú puedes aportarle luz a su caótica vida… y uno como un tonto cae en la trampa. Pero luego también te enteras de que no eres el único. De que esto mismo lo ha hecho y lo sigue haciendo con decenas de personas.

Quería mis predicciones, creyente de mi sexto sentido, y las tuvo. Quería saber como resolver sus problemas y le di soluciones. Pero nada fue de su agrado porque no era lo que quería oír. Pues aún me faltaba un último augurio y no soy yo el que lo lanza como si fuera mi venganza, sino él mismo como consecuencia de sus actitudes.

Con su rencor y su odio se ha quedado desprotegido de todo bien que hubiera podido llegarle. Es como si hubiera cerrado las puertas al cambio favorable de sus circunstancias actuales y la vida le devolverá cada maldad de su corazón con un pedazo de infierno, hundiéndolo más en sus miserias hasta que encuentre una chispa de bondad en su interior para volver a salir a flote. Porque el infierno no es ese lugar de llamas eternas, sino que está aquí, en la tierra, y es la consecuencia de cada una de nuestras acciones.

No me da lástima ninguna. Él supo el camino a tomar pero se ha negado a seguirlo. Es su libertad para escoger y ha escogido. A partir de ahora que no se extrañe si todo le va de mal en peor, si es que ya le podía ir aún más pésimamente, porque va a recoger lo que está sembrando. Es ley de vida.

Mi conciencia está tranquila. Sé que hice, tanto antes como después, lo correcto. Mi ánimo hoy también está sereno, aunque no le deseo a nadie la desazón, y he de reconocer que hasta miedo por su imprevisibilidad, que anoche me generó tanta estúpida e infantil rabia por su parte cuando en sus circunstancias cualquiera rogaría que la tierra se lo tragara. Sobre todo por lo que le ha hecho a su madre. Es cuestión de vergüenza y dignidad… pero cuando no se tienen ni se conocen…

No cabe en cabeza humana que un individuo que, en apariencia –por lo visto sólo en apariencia-, parece un tipo corriente y hasta agradable sea capaz de guardar dentro de sí tanta descerebrada maldad.

© P.F.Roldán

Fangoria:Hombres