11 de diciembre de 2008

mi obsesión por la lectura


Tendría alrededor de diez años cuando mis padres empezaron a esconder libros que no consideraban apropiados para mi edad. Devoraba todo, absolutamente todo lo que caía en mis manos y creo que la culpa la tuvieron en el colegio porque a los nueve años, en el curso de ingreso a bachillerato, ya se nos daba a leer El Quijote. Cada día un capítulo. Aquello, a mí personalmente, me marcó para no dejar ya de amar la lectura.

Me aficioné a leer a cualquier hora. Prefería los libros a los indios y vaqueros de plástico o al tren eléctrico, que me traían los Reyes desde la juguetería San Miguel, Y tanta fue mi obsesión por coger todo lo que estaba a mi alcance, que hasta mi madre, alarmada y sin saber qué hacer porque por aquella época mi padre estaba o embarcado o destinado en la Escuela Naval, de Marín, la preocupada mujer no encontró otro “remedio” que llevarme al psiquiatra porque yo era, para ella, “raro”. Dí negativo a su pesar, madre atribulada.

A veces ni entendía lo que leía, porque lo mismo me cogía a Bertrand Russell, qué humorada a esos años, que a Bernanos. Lo que fuera. De hecho recuerdo que releí, de la colección de premios Nobel, La Risa, el ensayo de Bergson. No tenía aún mucha capacidad de comprensión pero captaba ideas y me gustaba pensar, mientras mis amigos se pasaban las horas en la calle, a la que bajaba muy poco y casi obligado porque no les parecía muy sano aquella filia mía, que hasta los periódicos no se salvaban…

El día que me cogieron leyendo Los cipreses creen en Dios, el primer tocho de la trilogía de Gironella sobre la República, la Guerra Civil y las posguerra casi les da un ataque e hicieron una purga de la biblioteca de mi padre, guardando bajo llave otros libros como el Decamerón, el teatro de Shakespeare, Las mil y una noches… que yo aprovechaba en sus descuidos para sacar y volver a guardar… Iba ya por los trece años y como si apenas podía leer en casa, me pasaba a veces por la de mi abuelo, menos pacato que mis padres y gran lector. Fue cuando empecé a escribir los primeros poemas, que hoy releo y casi no salvo ni tres de lo cursis que eran.

Y cumplí catorce y pedí por Reyes libros, que lógicamente no me compraron, encontrándome en su lugar un Scalestrix al que no hice caso nada más que aquel día y por no hacerles el feo. Mi abuelo, que me regalaba dinero, me aconsejaba libros y yo me iba a Escarabajal o a la desaparecida Isaac Peral, ambas en la calle Mayor, y lo que diera de sí aquel aguinaldo volvía en forma de libros que dejaba en su casa ante el temor de que en la de mis padres fueran a parar con los otros, bajo siete candados. Y por otro lado era un contrasentido por su parte, porque mis padres eran buenos lectores, pero me da que no creían que fuera lo apropiado para aquella edad mía, en la que se suponía que tenía que salir en pandilla, jugar y triscar, algo que sólo consiguieron del todo cuando me compraron mi primera bicicleta… Lo que no imaginaban es que yo me iba con ella al faro de la Curra a leer, porque disimulaba preparando cebos y llevándome la caña de pescar.

Así creció mi afición por la lectura y ya no la he abandonado nunca en los últimos 46 años. Creo tener una mediana y aceptable biblioteca que aún sigue creciendo cada vez que puedo permitirme comprar un libro, porque están por las nubes y casi, aunque sea con retraso, me espero a que impriman las ediciones de bolsillo mucho más baratas; o son bienvenidos como regalo de cumpleaños o Navidad. El caso es leer, pero no a tontas y a locas como en aquellas edades en las que cualquier libro me resultaba atractivo. El tiempo te hace más selectivo, aunque sigo devorando desde los clásicos a las últimas novedades –siempre que éstas no sean fruto de pura mercadotecnia, porque hoy tratan de colarte hasta lo más infumable con una buena promoción que comienza, incluso, antes de que el libro llegue a las tiendas-.

Y como apunte -al hilo o al margen, como se prefiera-. Al recordar antes el ensayo de Henri Bergson, el de La risa, me ha venido a la cabeza todo lo que me río últimamente desde que conversamos… y me vuelve a asomar ahora otra vez releyéndonos porque no es un tópico decir que me parto hablando contigo, y con la tuya. Sobre todo porque el verdadero sentido del humor es el que empieza por la capacidad de saber reírse primero de uno mismo. Que quien se ríe, pero no acepta una broma o un comentario ácido cuando nos las “ponen a huevo”, no se ríe de verdad; sólo se burla de los demás y se ofende por alusiones que sólo son producto de su soberbia.

Tenemos que hablar de tantas cosas y hay tanto tiempo por delante… Poco a poco irán saliendo esas afinidades literarias, o no –que es muy sano no ser tan almas gemelas ¡qué aburrido no poder debatir, comentar y opinar!-, como ya vamos descubriendo la música que nos gusta y que en ocasiones compartimos, o tal vez en otras sea que no. Nunca hay nada preestablecido para esto y enriquece aportarse pareceres. Tampoco hay prisa. El tiempo va descubriendo a su ritmo y mientras tanto la risa nos acerca tanto, o más, como saber cuál es nuestro escritor predilecto.

¿No te partes con la corrosividad de Mafalda y compañía? Jajaja Intuyo que sí. Es parte de nuestra otra “literatura”, aunque seamos forofos de Leavitt o de Follet o de Isabel Allende… y aunque nos prive, al contrario que a la niña madura de Quino, una sopa caliente con este frío que pela.

© P.F.Roldán

Kate Havnevik:Timeless

2 comentarios:

pequeña extraterrestre dijo...

El mejor regalo que me han hecho en mi vida fue aquella tarde que mi padre me llevó a una librería, tendría 11 años, y me dijo: "coge todos los libros que quieras". Mi madre me prohibió leer La pasion turca, y yo a escondidas, terminé con el libro.

Un saludo

fran roldán dijo...

Mis padres me dejaban leer lo que ellos creían apropiado. Eran otros tiempos. Cuando yo tenía 10 años corría 1962 y la mentalidad era bien diferente a la de ahora, pero como tú, pequeña extraterreste, cuántos libros prohibidos a escondidas; hasta con luz de linterna bajo las sábanas... Y los niños de ahora, con tantas facilidades, apenas si abren alguno, salvo raras excepciones...

Un saludo.