15 de febrero de 2009

Fran y "sus locuras"

Cualquiera que me conoce bien sabe que ante todo trato siempre, y ante todo insisto, ser coherente con lo que creo y siento. A lo largo del contenido de este blog (en el que no niego que se haya podido dar alguna vez alguna aparente contradicción, tal vez si la hay, debida a que no siempre estamos en la cresta de la ola anímica –seríamos más que perfectos y el hombre no lo es-) he ido dejando clara cuál es mi actitud vital.

Para empezar, soy alérgico a los prejuicios –sean del tipo que sean- porque sólo los considero un producto de la educación recibida y de las pautas sociales a las que nos hemos visto casi obligados a someternos para no ser castigados con el ostracismo por quienes un día consideramos “nuestros iguales”, o por los que ahora nos rodean. A veces nos puede más el miedo a la soledad que eso conllevaría que el ser más autosuficientes con lo que en nuestro interior pensamos y hasta deseamos. Ha sido, o parece, más práctico seguir esas pautas marcadas por el grupo en el que nos movemos que rebelarse contra ellas cuando han ido en contra de lo que sentimos, porque los humanos somos gregarios por naturaleza y hay cosas como el desprecio social, la soledad, el dolor, la muerte… que nos asustan, y en compañía de los otros nos sentimos como más protegidos, más arropados, aunque con ello tengamos que renunciar a la propia felicidad muchas veces, o conformarnos con una apariencia de felicidad que nos acabará hastiando, más antes que después, por dejarnos insatisfechos al no parecerse ni en su sombra a la que íntimamente deseábamos y nunca quisimos reconocer o poner en práctica. Y es que difícil es liberarse de según qué miedos o convencionalismos.

Siempre he preferido a la soledad como aliada si me permite ser libre, que renunciar a esa libertad. Libertad, ante todo, para no creer en que mi conciencia individual ha de convertirse al colectivismo para no sentirme como un apestado socialmente, ni siquiera familiarmente, si no renuncio a mis principios.

Indudablemente, somos seres sociables, pero eso no significa ser rebaño. No quiero sentir el día de mañana que dejé cosas por el camino, sin ni siquiera saber que podría haber sucedido de no renegar de ellas, porque haya preferido acomodarme a lo que la gente de mi alrededor cree que es lo sensato, lo idóneo, lo plausible. Escuchar, escucho, pero después es mi corazón el que me lleva sin que nada ni nadie puedan influir si mi razón me dice que estoy actuando en coherencia con quien soy y como vivo.

Si hubiera hecho en algunas ocasiones lo que no sentía, ahora no me encontraría en paz conmigo mismo por haber dejado de hacer lo que creía adecuado… y no todos reaccionamos igual frente a situaciones iguales. Por ejemplo, de haber escuchado a los que me llamaron loco por venirme de Valencia, renunciando a una vida hecha -amigos, casa, Empresa,…- por estar con Blanca, hoy me sentiría no sólo egoísta sino incoherente por no haber escuchado a mi corazón. Pero igual a la inversa. Si hubiera prestado oídos a los que en su día me llamaron loco por irme a Valencia, con una mano delante y otra detrás, porque me había enamorado perdidamente, hoy tampoco podría decir que de aquellos 22 años de relación tuve más momentos hermosos que difíciles, y aunque al final, porque el destino es así, terminara en naufragio… pero me habría perdido 23 años de vida en esa ciudad de la que tanto me traje ganado para mi experiencia de hoy, hasta una lengua nueva si nos volvemos prácticos por un segundo.

“Mis locuras” no son sinónimo de actuar a tontas y a locas. Por mi propia naturaleza metódica y racional, analizo cada cosa que hago, que no soy de los que se tiran impulsivamente a la piscina sin saber si está llena o no. Pero, lo que nunca haré, una vez seguro de los pasos que he de dar es dejar de caminarlos si sé que me conducen a una vida más plena, y aunque muchos puedan seguir creyendo que es una locura más de las mías. Sé que son bienintencionados, que lo hacen porque es lo que creen mejor para mí desde lo que creen que es mejor para ellos desde su óptica de la vida, como sé que los hay que te aconsejan desde la voz de sus demonios interiores, de sus malas experiencias, de los convencionalismos en los que se nos ha criado…

Pero la única realidad, después de todo, es que uno ha de vivir su propia vida y que si ha de estrellarse es cosa de su propia responsabilidad y habrá de aceptar, sin arrepentirse ni reprocharse nada, que erró, aunque de eso también se aprende; pero ¿y si no se estrella? Seguramente encontrará un poco más de felicidad que el que prefirió no cerrar puertas tras de sí, por miedo a lo desconocido, negándose con ello a descubrir que habría sido de él si se hubiera decidido a romper con los tabúes que le impusieron y que aceptó.

Hay que vivir como uno es y ser como uno vive. Luchar por lo que uno cree. Derribar muros y traspasar fronteras. Porque la vida no se circunscribe a las veinte calles que hay en torno a nuestra casa, a nuestra mesa camilla, o a nuestro trabajo de toda la vida. Pueden suponer seguridad para el día a día, hoy, pero vacío para mañana si se hace uno consciente de a cuánto pudo renunciar. Porque vivir es una constante aventura y quien se niega a enfrentarse a ella puede que en el presente se sienta a resguardo, pero quizá un día su conciencia le diga que se irá sin haber vivido de verdad; que se limitó a enterrar los denarios que le dieron en vez de haberlos invertido. Sabia parábola evangélica.

La vida es esta vida que ahora tenemos y para la que siempre hemos de tener dispuesto el equipaje porque fluye constantemente y, nos lleve a donde nos lleve, seguirá siendo maestra para que sepamos seguir viviéndola porque nos seguirá dando lecciones a cuenta de lo bueno y malo que nos acontezca. Sólo el que se queda sentado no corre peligro de caerse, pero tal vez se esté perdiendo la alegría de saberse capaz de levantarse una y otra vez, o que tal vez pudo tener un futuro mejor de haber sabido superar sus prejuicios, casi siempre imbuidos por otros.

© P.F.Roldán

Misia;Duas Luas

1 comentario:

El Aguafiestas dijo...

Quiero comentarte, pero no se por donde empezar. Tal vez por lo que más me gustó, tu relato sobre Blanca. Te confieso, yo estoy lideando con esa idea de que si un amor no es para siempre, entonces para qué... yo sé que no es así, pero mi mente me hace juegos a veces.
En muchos temas estoy muy de acuerdo contigo, otros quisiera decirte que sí, pero poco a poco he ido cambiando mis ideas.
Me gustó tu autoexploración y autoexpresión. Saludos.